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Dos partidos de importancia en dos deportes distintos diero la pauta de lo que pueden ser la experiencia para el hincha y para el que quiere disfrutar de su deporte. Frankie Deges analiza acá como el rugby supera al fútbol en un aspecto que considera clave.
Aquella Rugby World Cup ‘99 fue muy especial; era nuestro primera y vivimos cosas inolvidables. Además, en un país futbolero que en ese entonces tenía al fútbol en un enorme caos, hicimos un proceso muy bueno. Nosotros éramos el ejemplo a seguir con nuestros valores y nuestro amateurismo y pudimos crecer gracias a esto,” explicaba sobre como pudieron aprovechar en el otro lado del Río de la Plata aquel momento histórico que les tocó vivir.En una larga e interesante charla con el uruguayo Diego Ormaechea, una leyenda viviente de Los Teros, me contaba el otro día de cómo el rugby uruguayo pudo capitalizar dos momentos claves que tuvieron que ver con sus anteriores dos pasos mundialistas. El seleccionado vecino se coló entre los 20 mejores por primera vez en 1999 y Ormaechea, con 40 años y 26 días, se convertiría en el jugador de más edad en jugar un Mundial.
Ya retirado como jugador, a Ormaechea le tocó llevar a Los Teros al Mundial siguiente como entrenador. Nuevamente, la inacción del fútbol le rindió frutos al rugby Tero. Así lo recuerda: “Después de jugar en Perth con Sudáfrica y Samoa viajamos a Sydney para el tercer partido con Georgia. Estuvimos once días en Parramatta, barrio con muchos uruguayos. Nuestro hotel estaba abierto para quien quisiera venir a saludar, a tomar mate, a sentirse en casa y vinieron de a cientos. El año anterior, el seleccionado de fútbol había estado ahí mismo y habían alejado a los hinchas.”
Fue así que el Sydney Football Ground tuvo mas de veinte mil uruguayos alentado con sus tamboriles y sus camisetas celestes a un equipo que volvió a dar el batacazo y ganar un partido mundialista. A las habilidades de aquel equipo se sumó un apoyo monumental – ni siquiera en Uruguay han jugado frente a tantos uruguayos. Nuevamente, el fútbol dejó un espacio que bien cubrió el rugby.
Volver a analizar lo bochornoso del jueves pasado en el Boca v River casi que aburre. Día a día desde esa horrible noche aparecen mas vueltas de tuerca y la miseria pasa a ser cada vez mayor. Nadie dice la verdad y todos tienen algo de mentirosos. Ni que hablar de la actitud de los jugadores – sobre todo de Boca Juniors – y su gigantesca falta de solidaridad con los compañeros de River Plata. Para ese momento, la rivalidad tiene que quedar de lado y dejan de ser rivales o enemigos para convertirse en compañeros en desgracia. El saludo de los boquenses a los inadaptados que hasta unos minutos antes los tenían de rehenes en la Bombonera fue un difícil test para el estómago. Dudo haber sido el único con ganas de vomitar.
Muchos criticaron el rol del Presidente de River Plate Rodolfo D’Onofrio en una noche en la que no hubo ninguno que no fuera criticado. Las presiones que habrá vivido y estará viviendo desde el jueves son impensables. Seguramente, entonces, el haber ido a disfrutar de la final del Torneo Nacional de Clubes el sábado, menos de 48 horas después de ese espanto, habrá sido un bálsamo aunque quizás lo haya sumido aún más en su malestar.
Tan solo con comparar lo vivido en el Boca-River con lo de Benavídez habrá servido como materia de análisis para el dirigente futbolero. Dos encumbrados rivales, que luchan por lo mismo, que buscan ganar el ya establecido como principal torneo del calendario argentino, en un ámbito de barras coloridas, ruidosas pero educadas, sin alambrados que dividen, sin violencia, es algo que debiera, como mínimo, generarle envidia.
Admitamos que se dio todo ese día. El clima ideal para jugar buen rugby fue un gran comienzo; permitió que nadie de la familia de ambos clubes quisiera perderse la final. Por un lado Hindú y su ya reconocido buen juego y capacidad copera llegaba de visitante a jugar contra el equipo que mas mejoró en los últimos años con unos jugadores formidables está para salir campeón en cualquier momento. No había favorito y la final terminó marcando esto ya que las ventajas fueron siempre mínimas.
Newman agregó tribunas tubulares, organizó bien el espectáculo; como buenos anfitriones quisieron que la fiesta fuera lo mejor posible para propios y ajenos. A ello contribuyeron las dos hinchadas. Cuando mas asusta la “futbolización” del rugby – hace poco hubo incidentes irrepetibles en el clásico ovalado de Zona Sur – ambos clubes finalistas trabajaron duro para asegurarse que pasara lo que pasara sería en orden, sin agresiones, cantos innecesarios ni cargadas. No era el momento de romper puentes que luego son de difícil reconstrucción.
Lo que terminó siendo fue un claro, clarísimo, mensaje del rugby para otros deportes, para la sociedad.
Sobre la que pasó adentro del campo de juego solo se puede decir que ganó el mejor y también perdió el mejor. Si no hubiera sido por el monumental drop con la soga al cuello de Joaquín Díaz Bonilla los de Bordó hubieran festejado su merecido primer trofeo. Terminó siendo Hindú que celebró su copa número 14. Fue justo también.
Los miles de hinchas de Newman no salían de su asombro, quedaron duros con la ilusión perdida. Eso de ninguna manera los tornó en violentos, agresivos o maleducados. Masticaron la bronca y aplaudieron al nuevo campeón. Hindú, que dio la vuelta olímpica con hidalguía, también respetó al local y derrotado. Lejos estaba el ambiente para que algún idiota – de mosquitos e idiotas está lleno – encendiera una llama. Nadie lo hizo y la gente feliz y dolida compartió lo que fue, en definitiva, una tarde gloriosa para el espectador imparcial preocupado por los eventos de unas horas antes.
El rugby transmite valores, educa. Están los que aprenden rápido y a los que les cuesta mas. Esencialmente es un ámbito sano con mucho por enseñar. Así como los uruguayos tuvieron esas dos oportunidades que no necesariamente habían planeado o buscado, supieron aprovecharlas y que les dieran rédito.
El Boca-River abrió una ventana de oportunidad para el rugby. Puede ponerse en una posición evangelizadora y querer enseñarle al mundo deportivo como convivir en libertad y respeto. Ese sería el camino mas largo y difícil para el que hay que estar preparado. La otra manera es continuar el camino que marcó la final del sábado, que cada club insista en que el rugby debe ser el cambio, manteniendo los valores que tomamos como dogma. Crece la cantidad de jugadores al encontrar en este deporte muchas cosas que no encuentran en otros. Si se cambia un ápice de esto, si a la cantidad no le exigimos la calidad – y no hablo del juego sino de todo lo que significar pertenecer al rugby – caeremos en el error de crecer por el crecimiento mismo.
D’Onofrio y sus pares del fútbol deberían acercarse para ver qué es lo que hace distinto el rugby. El problema en el fútbol es endémico pero no terminal. Algo para aportarles tenemos como deporte y sociedad.
Lo del jueves a la noche dolió. Por suerte para los de rugby el sábado tuvimos la final del Nacional de Clubes para sanarnos.
* Crédito: Frankie Deges para A pleno Rugby
